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Palas Atenea. Gustav Klimt.

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Esa mujer que te mira con ojos azul de hielo es La Mujer. La diosa de las mujeres por antonomasia.

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Palas Atenea. Gustav Klimt.

Esa mujer que te mira con ojos azul de hielo es La Mujer. La diosa de las mujeres por antonomasia.  Palas Atenea. Aunque tiene más de treinta y cinco epítetos, además de Palas, que la describen como guerrera que combate delante, protectora de Atenas, de Esparta, de Argos, Gortinos, Lindos y Larisa, de la Acrópolis; consejera, defensora de la bahía, de los bueyes, de la navegación, incansable.

Es común verla representada con su lanza, su escudo con la cara de la górgona, su Éjida en el pecho y el casco, levantado para que se vea su rostro de mujer, enhiesta, majestuosa y triunfante.

La diosa inventora a quien los mediterráneos le debemos tanto: creó el olivo. Pero también fue inventora del arado, de la navegación, el carro, los números, el hilado, el tejido, la flauta, la trompeta. Enseñó a a Erictonio a atar sus caballos al carro, y a Belerofonte a dominar a Pegaso. Protectora de la crianza de los niños, del cielo claro y el aire puro. Diosa del buen consejo, es la encargada del cumplimiento de las leyes.

Una diosa semejante es la que amadrinó a los héroes más famosos por su coraje y su sabiduría: ayudó a Aquiles en su pelea con Agamenón pacificando su espíritu, enseñó a Heracles a despellejar al león de Nemea, guió a Perseo para decapitar a la Medusa, ayudó a Odiseo disfrazándole como un anciano para que recuperara su reino, ayudó a Hércules a matar a la hidra de Lerna…

Decía Homero en La Iliada cuando describe cómo Atenea agarró a Aquiles por sus rubias melenas y se hizo visible sólo a él, que le miró directamente y que “los ojos de Atenea eran terribles”. Eran los ojos de una diosa virgen. Defensora sobre todas las cosas de su virginidad, de su pureza. Pero no solamente sexual. La pureza de la mujer no poseída, en estado primigenio, en su más pura esencia. Esa era la mirada de Atenea.

Como la del cuadro de Gustav Klimt. Klimt la eligió como símbolo del movimiento artístico renovador al que perteneció durante unos años, la llamada Sezession. Nacido en Francia a finales del XIX, este movimiento pretendía dar un vuelco a las artes anquilosadas en el pasado según los integrantes del movimiento, y cambiar los cánones. Así nació el modernismo que llevaría al art nouveau primero y al art déco después. La Sezession de Viena fue de las más influyentes, precisamente gracias al apoyo de Gustav Klimt.

Pintor enérgico y arrebatado, decía de sí mismo que como persona no se encontraba especialmente interesante, por lo que nunca se había sentido tentado de pintar su autorretrato. Trabajaba incansablemente alimentando su genio. Controvertido y polémico como él sólo, es muy conocido su cuadro “Verdad desnuda” que fue condenado como pornográfico, en el que aparece una mujer de frente completamente desnuda sosteniendo el espejo de la verdad. La imagen va coronada por la frase de Schiller: Si no puedes agradar a todos con tus méritos y tu arte, agrada a pocos. Agradar a muchos es malo. Klimt, artista coherente, compró al gobierno austriaco sus propias obras para que no las recluyera en un Museo y poder venderlas y difundirlas. Gracias a su fama, se permitió el lujo de elegir sus trabajos, lo cual, paradójicamente, le hizo aún más popular entre la clase noble vienesa, tan afanada en la búsqueda de la exclusividad.

De moral desahogada, mantuvo relaciones con muchas de sus modelos siempre de la manera más prudente posible. No se le conocieron escándalos pero tuvo tres hijos, uno con una lavandera que posó para él y dos con una joven de la alta sociedad vienesa. Si bien, a su muerte hubo catorce demandas de pensión alimenticia sólo esos tres pudieron ser reconocidos. Pero su amor eternose lo entregó a Émile Flögger, la única mujer que le entendió y le quiso sin condiciones, y a la que amó a su modo hasta la muerte.

Solamente un hombre así podía rescatar a la diosa Atenea y pintar esos ojos tan terribles representando la fiereza y la determinación de un movimiento reformista como la Sezession. Sólo él, que pintó el poder sexual de la mujer en cada curva de sus cuerpos, podía dotarla de humanidad manteniendo el aura divino de Palas Atenea.

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